El Padre Volvió Del Ejército Y Su Hija Susurró: “Papá, Me Duele”. Nadie Esperaba Lo Que Siguió…. El hombre solo pensaba abrir la puerta del cuarto de su hija para saludarla después de 2 años de ausencia.
Pero cuando la niña levantó la mirada y susurró:
—Papá, me duele.
Todo dentro de él se vino abajo.
¿Qué clase de dolor puede hacer llorar a un soldado dentro de su propia casa?
Los vidrios del autobús vibraban con cada bache en el camino seco de tierra al entrar al pueblo del Rosario.
Después de dos años en zona de combate, Rodrigo solo traía consigo una cosa: el recuerdo de los ojos de su hija mirándolo cuando se fue.
En la cabina, el conductor ajustaba el retrovisor y silbaba una melodía triste, mientras Rodrigo mantenía la vista fija a lo lejos, donde los árboles parecían inclinarse suavemente bajo el sol tenue.
No esperaba que nadie lo recibiera, pero en el fondo, una parte pequeña de su corazón seguía esperando oír su nombre entre el polvo del camino.
Esperaba que unos ojitos lo esperaran junto a aquella vieja cerca.
Pero no había nadie.
Bajó del autobús con su mochila vieja, el tirante rasgado de un lado.
Las botas aún tenían barro seco.
El olor del óxido del portón de hierro familiar le llegó como un recuerdo que se niega a desaparecer.
Rodrigo se detuvo un momento.
La casa seguía igual.
Las paredes con cal desmoronada, como si a nadie le importara repararlas.
El seto de hibisco mal recortado, con ramas secas.
Recordaba haber pintado el portón antes de irse, pero ahora la pintura estaba sucia, rayada.
Toda la casa estaba en silencio, como si nunca hubiera habido vida ahí.
Rodrigo subió los escalones y puso la mano en el picaporte.
La puerta no estaba cerrada.
Para alguien que ha estado en guerra, lo más aterrador no es una puerta sin seguro, sino que ya no haya nadie dentro con razones para cerrarla.
Empujó la puerta con suavidad.
El chirrido resonó acompañado por el olor de madera vieja y humedad acumulada.
La sala seguía igual que el día que se fue, pero todo tenía una capa de polvo del tiempo.
El reloj de madera colgaba torcido en la pared.
El segundero seguía corriendo, pero su tic tac sonaba como un lamento.
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